Como cada día, desde hace ya demasiado tiempo, el sonido de las gotas de agua me despiertan con una cadencia tortuosa que me devuelve a la realidad. Chocan incansables contra el charco que hay justo al lado de mi cama, si es que a esto sobre lo que duermo se le puede llamar así.

Despego los ojos perezosamente. Apenas me cuesta acostumbrarme a la oscuridad, pues podría considerarse que vivo en una noche perpetua. Me estremezco. El frío lleva tanto tiempo entumeciéndome los huesos que he llegado a acostumbrarme a él, como si fuera mi silencioso compañero.

Me metieron en esta prisión por un delito que no cometí, pero eso ya no importa. Parece tan lejana esa vida en la que un simple beso hacía que mi corazón se colmara de felicidad. Supongo que debí ser más prudente. Una sonrisa amarga desdibuja mi rostro demacrado. Intentar huir con la hermana del rey no ha sido lo más inteligente que he hecho en mi vida. Sin embargo, no me arrepiento. Cada momento vivido con ella compensa con creces el tiempo que he pasado, y pasaré en este agujero.

Si cierro los ojos, puedo escuchar su risa, sentir la suavidad de su piel, el olor de su pelo, el sonido de su voz…

—Erik.

Es apenas un susurro. Creo que estoy volviéndome loco, pero no me importa si eso implica sentirla así de cerca.

—Erik, por favor, mírame.

Entonces mi corazón se detiene. Retiro lentamente la mugrienta manta que me cubre, todavía sin abrir los ojos, temiendo que mis sensaciones desaparezcan. Huelo su perfume como si estuviera tan cerca que podría tocar su rostro. Pongo los pies en el suelo, mientras obligo a mi mirada a dirigirse a la entrada de mi celda. Y ahí está ella. El aire que había estado reteniendo en mis pulmones sale de golpe, llevándose con él mi pesar.

—Erik —repite una tercera vez, ahogando un sollozo. Se tapa la boca con las manos, creo que para evitar hacer ruido, mientras nuestros ojos se llenan de lágrimas.

Me acerco tan lentamente que creo que el tiempo se ha detenido a mi alrededor. Temo que desaparezca, no puede ser real, no puede estar aquí.

—Siento mucho interrumpir este momento, de veras, pero tenemos que irnos ya.

Mis ojos se pasean por la oscuridad, buscando al propietario de esa voz ronca que ha retumbado por toda la celda. Es Jhon. Definitivamente esto es un sueño, pues en mi juicio lo sentenciaron a muerte. El sonido del metal me devuelve a la realidad. Veo que introducen las llaves en la cerradura y abren la puerta, mientras me acerco sin pensar demasiado. En los ojos de Milenia se refleja la lástima al recorrer mi cuerpo esquelético, al tiempo que mi viejo amigo me agarra para que podamos huir más rápido.

Después de recorrer en silencio lo que se me han antojado kilómetros de pasadizos, ella empuja con suavidad lo único que nos separa de la libertad. Me cubro la cara con las manos para que los ojos dejen de dolerme a causa de la intensa luz. Siento que me agarran y me conducen por unas escaleras hasta un pequeño bote, con el que nos alejamos de la que ha sido mi pesadilla hecha realidad.

Al fin consigo levantar la vista. Parpadeo unas cuantas veces antes de mirar sus ojos color canela, incapaz de acercarme, incapaz de hablar. Los dos permanecemos en silencio, pero nos decimos tantas cosas a pesar de hacerlo…

Jhon coloca entonces una mano sobre mi hombro, antes de decir:

—Sé lo mucho que los dos habéis deseado este momento, pero me temo que hay que aplazarlo. Tenemos que sobrevivir a esta noche y para eso necesito que os cubráis con esto.

Nos lanza un par de mantas, con las que vuelvo a sumirme en la oscuridad, mientras nuestro barquero nos coloca troncos de leña recién cortada sobre el cuerpo. Pero en mi corazón ya no hay sitio para la angustia, pues voy cogido de su mano, acariciando su palma con mi pulgar.

No pasa demasiado tiempo antes de que el peso de la madera vaya desapareciendo. El sol vuelve a cegarme cuando podemos incorporarnos y Milenia me abraza al fin. No puedo describir lo que siento con una sola palabra: felicidad, euforia, esperanza… Y un amor infinito hacia esta mujer que ahora estrecho entre mis brazos.

Desembarcamos en un paraje maravilloso, un claro rodeado de un frondoso bosque de abedules, que se extiende ante nosotros en forma de manto de heliantemos rojos. Hay un pequeño campamento en el que parece que se han establecido todos nuestros amigos para cubrir nuestra huida. Pero no nos acercamos a ellos, aún no. Jhon se aparta de nosotros sin necesidad de que se lo pidamos y, nos dirigimos a un extremo del hermoso paisaje.

Nos sentamos, uno frente al otro, necesitábamos intimidad para todo lo que tenemos que decirnos.

—Pensé que nunca volvería a verte. —Levo una mano a mi garganta. Llevaba tanto tiempo sin escuchar mi voz…

Alargo la mano para secar la lágrima que brota de esos ojos que tanto amo. Sujeto su rostro hasta que nuestras narices se tocan. Acerco lentamente mis labios a los suyos, hasta que nos fundimos en un beso lento y apasionado, repleto de amor y promesas.

—¿De verdad pensabas que iba a dejarte morir allí? —dice con la boca aún suspendida sobre la mía—. Te prometí que pasaría el resto de mis días a tu lado, y eso es exactamente lo que voy a hacer.

Nos besamos de nuevo, mientras el dulce canto de los pájaros nos acompaña. Me separo para mirarla, para grabar a fuego en mi memoria cada mágico momento. Toco su pelo castaño, soltando el recogido que lo aprisionaba. Ese aroma…

—He pensado en ti cada día, tu recuerdo era lo único que me permitía reunir las fuerzas necesarias para seguir viviendo. —Pongo las manos sobre sus hombros y las bajo lentamente hasta colocarlas sobre las suyas—. Cuando te he visto allí, he pensado que había llegado mi hora… Que…

—Shh, no lo digas, por favor. —Aprieta los ojos con fuerzas, como si quisiera borrar de esa forma la imagen que mis palabras han dibujado en su mente —. Todo eso forma parte del pasado, ahora solo existimos tú, yo y nuestro futuro.

Miro a mi alrededor e inspiro el increíble aroma que nos rodea, siento al viento danzando perezoso, meciendo las hojas de los árboles. Y siento que mi vida se asemeja en estos instantes a la naturaleza que se extiende ante mí, repleta de nuevos comienzos, de esperanza. Siento que soy ese capullo rezagado que lucha por abrir sus pétalos para ser bañados por la luz del sol. Sonrío, sonrío y tumbo a Milenia sobre el verde que pretende competir con sus ojos sin conseguirlo, para besarla hasta quedarme sin aliento.

—Te quiero, no sabes cuánto te quiero.

María Galindo

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