Parece mentira que ya hayan pasado cinco años desde aquella tarde en la que nuestros caminos se cruzaron en tu tiendecita de Lavapiés. A pesar de todo el tiempo que ha pasado desde entonces lo tengo tan grabado en la memoria que recuerdo cada detalle como si hubiera ocurrido ayer. Me había pasado horas visitando varias tiendas de la ciudad buscando el regalo perfecto para mi hermana Alicia, obsesionada con las ciencias ocultas y el esoterismo desde que tuvo lo que ella denominaba un episodio paranormal, una experiencia extracorpórea en la cual salió de su propio cuerpo y se vio a sí misma tumbada sobre la cama. Desde entonces se pasaba los días leyendo libros sobre adivinación, chamanismo, espiritismo y astrología, empeñada en intentar desentrañar qué hay al otro lado.

En mi desesperación por haber perdido medio día buscando sin éxito algún regalo que pudiera satisfacerla entré en ‘El papiro mágico’, un local tan escondido que pasaba totalmente desapercibido. Cuando entré me recibió un aroma a incienso y especias que casi me deja sin respiración, y la única iluminación procedía de numerosas velas repartidas por toda la habitación. Dondequiera que mirara podía distinguir coloridos atrapasueños y talismanes, mohosos libros sobre magia y hechicería y brillantes tarros de cristal llenos de exóticas especias y brebajes de dudosa procedencia, todo ello aderezado con una hipnótica y sugerente música plagada de ritmos y tambores africanos.

Cuando estaba a punto de marcharme de aquel escalofriante escenario apareciste tú, con tu larguísimo pelo negro azabache, tus pulseras de brillante oropel y tu vestido verde del color de las ciruelas con las que compartías nombre. Yo no lo sabía en aquel momento, pero ibas a cambiar mi vida en todos los sentidos. “Hola, soy Claudia. ¿Puedo ayudarte en algo?”. Tus primeras palabras aún resuenan en mis oídos como una música celestial que se niega desaparecer. Tu sola presencia me impactó tanto que no pude articular palabra. No sabía muy bien qué era, los aromas presentes en el ambiente, el rimo africano que me llegaba hasta los huesos, tu aura o simplemente una mezcla de todo ello, pero algo en mí se despertó y me impulsó a querer conocerte, a querer saber más de ti a pesar de ser una completa desconocida. Quiero creer que en tu expresión también se adivinaba una cierta extrañeza al observarme, que yo también te causé una cierta turbación, aunque no supieras exactamente qué era lo que estabas sintiendo.

Una vez nos recuperamos de la sorpresa inicial por nuestra inusual reacción conseguí explicarte mi problema, consiguiendo despertar tu curiosidad y tu interés en mí. A pesar de tus esfuerzos por explicarme cada uno de los artículos que me enseñabas fue inútil, no podía prestar atención a otra cosa que no fueras tú. Me embriagaban nuestras miradas furtivas, el roce de nuestras manos cuando me enseñabas una piedra especialmente mágica, tu cálida y dulce voz. Acabé comprando una colección de runas vikingas bastante cara y de gran poder, como me haría saber más tarde mi hermana. Quise agradecerte tu ayuda de algún modo, y en un vago intento por poder seguir disfrutando de tu compañía me ofrecí a invitarte a tomar algo.

Pasamos la tarde en una cafetería charlando como si nos conociéramos de toda la vida, contándonos nuestros amores y desamores, nuestros sueños e ilusiones, nuestros fracasos y errores. El encuentro nos supo a poco y decidimos quedar más veces para seguir conociéndonos. Nuestros encuentros eran cada vez más frecuentes, sin saber que la necesidad que sentíamos de vernos no era fruto de una mera amistad. Sin siquiera darnos cuenta seguimos todos los tópicos propios de una película romántica, enamorándonos sin remedio a pesar de nuestras personalidades opuestas. Tú eras la parte espiritual, la que veía siempre el lado bueno de las personas, intentando estar en sintonía con el universo y tratando de hacer del mundo un lugar mejor. Vegana convencida desde los dieciséis años, luchabas por los derechos de los animales y vivías de manera austera, minimizando tu impacto en la naturaleza. A mí me apasionaban las nuevas tecnologías y las ciencias, la música rock y la política. Me perdía mi carácter fuerte y mi lengua afilada, y había perdido la fe en la humanidad.

Sin embargo, ni siquiera nuestras diferencias evitaron que sucumbiéramos a lo inevitable; nos queríamos y era lo único que nos importaba. Yo me enamoré de tu voz dulce, de tu larga melena negra siempre con olor a jazmín en la que hundía mis manos mientras dormía, y de esos lunares tan graciosos que tenías en la espalda formando la constelación de Casiopea. A ti te encantaba hundirte en mi mirada, intentando discernir de qué color eran realmente mis ojos, disfrutabas haciéndome cosquillas solo para escuchar mi risa, y te quedabas embobada mirando mis labios mientras hablaba.

La gente decía que era una relación abocada al fracaso, que no duraríamos más de un par de semanas, pero nosotras demostramos que se equivocaban. Tú y yo nos aportábamos algo que nunca nos había aportado un hombre, algo mágico que nos hacía sentir una felicidad nunca antes conocida, y en lugar de luchar contra ello decidimos ser valientes y darle una oportunidad. Nos habíamos enamorado de una persona, sin siquiera pararnos a considerar si era hombre o mujer, y eso era lo más mágico de nuestra historia. Éramos felices, y pensábamos que siempre lo seríamos. Como ingenuas creíamos que algo tan maravilloso no podría terminar nunca, pero descubrimos que nos equivocábamos por completo. Al igual que ocurre con las grandes historias de amor el destino quiso que la nuestra no tuviera un final feliz. Nunca quisiste contarme nada de la enfermedad que te consumía por dentro, esforzándote en pensar solamente en disfrutar del poco tiempo que te quedaba en mi compañía. Tu marcha fue inesperada y rápida, sin darme siquiera tiempo a despedirme. Pero nunca te culparé por ello, y atesoraré para siempre cada segundo que pasamos juntas.

Hoy vengo a visitarte como cada 27 de agosto, día en que nos conocimos en aquella pequeña tiendecita que tenías y que ahora es mía. Sin familia que te reclamara, me encargué de que tu descanso eterno fuera especial. Coloqué tu tumba en nuestro pequeño rincón particular, en el parquecito desde donde solíamos observar las puestas de sol, a la vera de un heliotropo, tu flor favorita, esa que solías ponerte en el pelo en las ocasiones especiales y que te hacía estar aún más bella. Sé que estés donde estés estarás observando también esta puesta de sol, esperando que volvamos a estar juntas.

Lucca 

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