Claude movió los dedos intentando recuperar algo de sensibilidad para poder coger la pluma. Las dependencias de la parroquia siempre eran más frías que el exterior y la chimenea recién encendida de la sala aún no tenía fuerza para luchar contra una mañana de febrero.

Repasó los manuscritos del secretario parroquial, sin inmutarse siquiera cuando se abrió la puerta y trajeron ante él a una gitana de mediana edad. Ella ya estaba familiarizada con el proceso. Se sentó frente al archidiácono, al que ya conocía de otras ocasiones y se permitió interrumpir su lectura.

–Qué guapo estás con tu nuevo uniforme –dijo con una sonrisa.

–Tasarla… –le advirtió con seriedad.

–Me alegra que seas el nuevo archidiácono. El otro viejo no tenía corazón. Tú siempre me ayudas.

Claude levantó la vista de los papeles y se quitó las gafas para mirarla a los ojos.

–Tasarla, estás aquí por un asunto serio. Te han denunciado por brujería y engaños –volvió a ponerse las gafas y cogió el papel para leer en voz alta–. “Nos dijo que todo ese tesoro estaba bajo el suelo de nuestra cocina y que nos ayudaría a calmar al espíritu que lo protegía para poder sacarlo y que, a cambio, habríamos de darla de comer cada vez que viniese a casa”, “cogió un huevo y, recitando una oración a Santa Marta, lo batió en media arroba de agua. Habíamos de dejarlo toda la noche a la luz de la luna y al día siguiente fregar el suelo con eso. La cocina empezó a brillar y dijo que era el reflejo del oro y la plata que estaba enterrado y que no lo tocásemos o se rompería el hechizo y se convertiría en piedra”.

Tasarla comenzó a reír. Él alzó hacia ella la vista, enfadado.

–No es motivo de risa. Se te acusa de brujería–Se sentía frustrado. Como diácono tan solo se encargaba de la caridad y los sacramentos, pero desde que era archidiácono y se encargaba de la justicia civil se había tenido que enfrentar a las personas a las que había estado ayudando. La misma mujer que había acudido tantas veces a pedir limosna se hacía a la vez con la fortuna de unos desgraciados.

–Pero ya sabes que yo no soy bruja –dijo ella–. Solo puse un poco de barniz en el agua. El problema es que con tanto entrar ysalir de la prisión la gente se cree que soy bruja y me piden ayuda. Claro, yo tengo que alimentar a mis hijas, no les voy a decir que no. Ellos me dieron todo, yo no robé nada.

–¿Y cómo explicas las marcas que aparecieron en tus brazos?

–Me pinté con orina y limón. Allí cubrí misbrazos con hollín y, al lavarlos con agua, se vieron los dibujos. Nada que tenga que ver con el demonio, Dios me libre.

Claude se quitó otra vez las gafas y se frotó la cara. No sabía qué hacer. Tasarla, como muchas de las otras, ya había estado en prisión, había recibido latigazos, incluso había sido exiliada por el tribunal de Gran Bretaña… Sentía como la frustración aumentaba cada día que ejercía de juez. Suponía que su trabajo iba a servir para mejorar la vida de las personas e impartir justicia, pero hasta ahora solo se había enfrentado a estafadores y ladrones que conocían tan bien la ley que el tribunal era incapaz de hacer nada contra ellos.

–Padre Claude, ¿se encuentra bien? –preguntó Tasarla con tono maternal.

–No me vuelvas a llamar así, ahora soy juez. Puesto que ninguna de las penas anteriores ha conseguido meterte en vereda, desde hoy quedas exiliada de la diócesis de Paris.

–Pero el juez Eugene suele encerrarme –protestó ella con autoridad.

–Y ha muerto sin evitar que otra familia sea estafada. Mi trabajo es proteger París.

–Pero mis hijas… Tienen que vivir de algo. Por favor, siempre has sido bueno con nosotras.

–Y mientras tanto tú te hacías con el oro de pobres familias. Soy bueno, claro que lo soy. Por eso tengo que defender a la gente decente de mi archidiócesis. Y como soy tan bueno te dejo ir por tu propio pie y no te acuso de pronunciar de forma blasfema oraciones a Santa Marta. No quieras que te suba a un burro desnuda hasta la frontera.

Tasarla se arrodilló frente a él con los ojos llorosos.

-Padre… Juez. Seguro que puedo hacer algo para que me perdone. -Lo dijo mientras ponía su mano en el muslo de Claude, mirándolo desde abajo con expresión de súplica y sumisión.

Claude notó el ardor de su pecho empezando a derretirse por su vientre.

-Levántate, Tasarla -murmuró temeroso de lo que estaba ocurriendo-. No uses tus trucos conmigo nunca más. Tienes cuatro días para dejar París o mandaré a la guardia que queme tu casa contigo dentro.

Ella se levantó con lágrimas en los ojos. Temerosa de decir una palabra más. Se fue corriendo y Claude volvió la vista a sus papeles, pero aquel juego sucio le hacía imposible concentrarse.

Marta González Peláez 

Ir al contenido