Vivimos sumidos en un interminable ciclo de idas y venidas, no tenemos tiempo para nada, siempre con prisas… Nos perdemos muchas cosas y dejamos de observar otras… ¿Estamos solos? ¿Pueden existir otras dimensiones? Aquel día, me percaté que, al menos una de ellas, se había cruzado en lo que nosotros llamamos realidad. A mí me ocurrió. Quizá, hoy te ocurra a ti…

La cuesta se hacía insoportable, el calor de la tarde caía sobre nuestras cabezas ese treinta y uno de octubre, algo poco común en esa época del año. Clara se había empeñado en ir a visitar la tumba de un viejo conocido y acepté acompañarla. Tras un largo paseo, llegamos a la entrada. Su fachada de piedra marmolea y sus verjas de hierro acabadas en punta y brocadas le daban un aspecto solemne.

Nos dirigimos hacia la puerta principal, el guarda nos permitió la entrada con la advertencia que pronto cerrarían. La noticia hizo que se me erizase la piel. La idea de quedarme allí encerrada no me agradaba, por muy improbable que fuese. Así, entramos en el camposanto. Era enorme. Poseía varios patios grandes que formaban la estancia. Me llamó la atención las estatuas de ángeles que algunas tumbas poseían y los Cristos o figuras humanas que custodiaban a otras. Me encontraba en esa fascinación cuando me di cuenta que había avanzado bastante y que mi acompañante no se encontraba a mi lado. Me encontré sola, totalmente sola. No había nadie por allí, aquello estaba desangelado. La entrada apenas sí se vislumbraba. Empecé a agobiarme, así que decidí girar en la primera esquina a ver dónde me llevaba, mientras el sol se ponía lentamente.

Iba mirando por los entrecruzados pasillos buscando a mi compañera sin hallarla. Entonces, me percaté que había llegado a la zona antigua. Recorrí un patio interior casi esquinado, las lápidas vetustas se inclinaban hacia los lados llenas de tierra, la misma que cubría todo el suelo. Entre medias, las enredaderas crecían trepando por un par de cruces gigantescas que se encontraban en el centro. Las sombras jugaban con la luz dando una sensación de neblina antes de llegar la penumbra. En esos momentos, la imaginación es muy poderosa y comienza a crear historias de lo más inverosímiles. Al fondo, otro pasillo por el que me pareció ver una sombra cruzando de un lado a otro con pausa. Pensando que podía tratarse de Clara, marché por aquel sendero sin darme cuenta que cada vez me alejaba más de la puerta principal.

Cementerio-de-Highgate-en-Londres

Dejé atrás el patio anterior. Solo se veían cipreses intentando tocar el cielo el cual ya se tornaba de tonos malva y rojizos. La angustia subía por momentos. Un sonido de hojas secas, justo a mi izquierda, hizo que me volviese inquieta. Una mujer vestida de negro se postraba en uno de los árboles dibujando con un dedo blanquecino un símbolo extraño en la raíz de este. Quise preguntarle por la salida, pero parecía que estuviese sumida en sus pensamientos, o incluso en otro lugar. Sin decir nada, atravesó toda la hilera de árboles dejándome con una sensación de estupefacción total.

Comenzaba a refrescar y giré hacia la derecha. Fui por varios caminos, esta vez con los sepulcros a ambos lados. ¿Quién decía que no estaba acompañada? Me fijé en uno de ellos, llamaba la atención porque la piedra era negra y no blanca como la de los demás. Continué y, al cabo de unos minutos, reaparecí en el mismo sitio. Otra vez la losa negra. Había caído en el bucle del laberinto. Miré para todos lados. Mi fantasía volaba, era como si de un momento a otro, fuesen a salir brazos y manos putrefactas para agarrarme hasta que pensé en mis familiares cercanos. Ellos debían estar enterrados allí. Decidí buscarlos y visitarlos si no retornaba al mismo lugar.

Mi orientación me guió bien, llegué al mausoleo de mis abuelos. No hice nada. Me quedé mirándolo y recordando viejos tiempos. Me despedí y logré salir a otro de los patios cercano al tanatorio, escuché la puerta de hierro de la entrada cerrarse. Corrí como loca hacia donde provenía el sonido. En ese instante, vi a Clara delante de una cripta. Me miró y preguntó: «¿Puedes dejar unas margaritas aquí mañana?» La observé extrañada. Y continuó: «Ya no estaré aquí. El plazo se termina esta noche» y sonrió. No sabía que decir, acerté a preguntarle de quién se trataba. Ella se giró a la vez que me decía: «De mí».

Alicia Martín López

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