Esa tarde Jaime hablaba acalorado por teléfono. No pude distinguir bien si la voz que salía del auricular era la de un hombre o una mujer, pero sí observé los movimientos nerviosos de aquel chaval que no aparentaba más de unos treinta años. Sus manos se movían sin parar y le temblaban descontroladas, un sudor frío caía por su frente y el parpadeo de sus ojos indicaba su estado. Iba de un lado hacia otro y, de vez en cuando, apretaba los dientes. De repente, el sonido de una sirena interrumpió la escena. Jaime colgó y aceleró el paso hasta desaparecer tras una esquina. Un coche de policía pasó raudo por la calle cuando la señorita Diamant llegó a la terraza mirando extrañada al suelo de donde cogió un sobre; al parecer, con su nombre escrito. Se dirigió hacia donde yo estaba y, con un gesto de disculpa por su tardanza, se sentó a mi lado. Yo permanecía con mi pluma en la mano y la libreta abierta dispuesta a iniciar la entrevista prevista.  

  1. Diamant era una artista que empezaba a despuntar entre los pintores más destacados del momento. Su carácter egocéntrico y su aire de superioridad destacaban entre sus facetas otorgándole un aire de diva. Sin embargo, tras esa apariencia superficial se escondía una mujer llena de miedos. Era evidente que pretendía ocultar algo, algo que nunca debía ver la luz. Encendió un cigarrillo, cruzó sus esbeltas piernas y dejó entrever sus delicados muslos. Con los ojos entornados, esperó mis preguntas. Mi curiosidad me condujo a preguntar directamente por la carta que aún poseía en su mano, a lo cual ella respondió con un simple «No tiene importancia» para que continuara con otras cuestiones referentes a su vertiente creativa, empero no pude evitar fijarme en el temblor que tenían sus dedos. Así que, para ver si sonsacaba algún dato sobre mi objetivo, desvíe el tema hacía los fans. Esos fans casi acosadores que eran capaces de cualquier cosa por un autógrafo o una foto. A lo cual me contestó: «Mis fans son muy respetuosos. Vienen en busca de mi arte. No siempre se encuentran con alguien como yo, ¿no cree?» Apunté las palabras de Diamant y, tras ese intento fallido, di un giro hacia lo personal. Pude vislumbrar una letra peculiar en el sobre que tan bien custodiaba y, por ahí, traté de indagar. Dicen que la letra puede reflejar la personalidad de quien escribe. Por supuesto, ella se preocupó de darme toda la información necesaria para realzarse aún más, ella era la mejor en todo. Estaba claro que no iba a conseguir nada acerca de la misteriosa nota de su boca; no obstante, pronto cambiaron las tornas.

            Jaime reapareció con un sudor frío en la frente balbuceando lo que entendí era: «Tienes la carta. Me alegro. En tus manos queda ahora todo». La miraba muy fijo siendo cómplice de un gran secreto. Gotas de sangre cayeron en la mesa, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó sobre mi entrevistada. P. Diamant tiró su cigarrillo al suelo y comenzó a chillar descontrolada. Un puñal atravesaba el costado del pobre infeliz. 

            Fue un día muy intenso en donde tuve que declarar y posponer mi artículo, pero gracias a ese suceso conseguí una crónica aún mejor. Esa tarde P. Diamant me entregó la carta que previamente había ocultado con alevosía. El motivo era que necesitaba buscar una razón para desvincularse del asesinato y esa carta la incriminaba indirectamente. Por supuesto, ese acto lo hacía por puro interés, sin embargo ella llegó muy apenada y asustada pidiendo ayuda de alguien neutral en su historia. Cuando se marchó, la leí: “Todo está listo. Los papeles del divorcio y del psiquiátrico son oficiales. Pronto tendrás una copia y el original se encuentra en la caja fuerte del banco. Tengo que advertirte que Verónica es tan inteligente como retorcida, si descubre mi infidelidad irá a por nosotros. No ha sido fácil, sus abogados son de los mejores, ventajas de ser una heredera rica; de hecho, hace poco tuve una llamada amenazante que temo pueda volver a repetirse. En esa llamada pronunciaba nuestros nombres una voz siniestra y juraba venganza”.

            «Una carta inquietante», pensé. Basándome en esto, decidí investigar acerca de esa mujer. Verónica. Lo que descubrí me dejó perpleja.

            Localicé a Verónica en una prestigiosa academia de alemán, al parecer esta señora dominaba a la perfección el idioma. Me apunté como una alumna más y, poco a poco me acerqué lo suficiente a ella como para convertirme en su confidente. Eso creía yo. Sí, no tardó mucho en interpretar su papel de víctima y, en cierto modo, lo era; aunque no de la manera en que ella lo vendía. Si bien su marido la había engañado con otra mujer, su odio hacia ambos sobrepasaba todo lo imaginable. Literalmente, cuando hablaba de ellos quería destruirlos por completo. No físicamente, pero sí quería acabar con su reputación. Finalmente, me confesó que sentía un gran alivio con la muerte de Jaime, al que llamaba “canalla”. Ese día dejó claro su narcisismo y mostró una apatía total hacia lo ocurrido. «Nuestro matrimonio fue por puro interés. Él se acercó a mí por mi dinero y yo para ocultar mi falta de empatía emocional», me comentó. «Empecé a ir a una psiquiatra…¡Ah! Ese es otro tema. ¿Sabes? Cuando conocí a la mujer con la que se veía mi marido, no me lo podía creer. Al principio, me acerqué a sus exposiciones como una admiradora más. Todo indicaba que era “perfecta”, pero yo sabía que no lo era…» Así, siguió hablando hasta que confesó que no podía soportar que Jaime fuese feliz con otra mujer a pesar de no quererle. Lo que hizo fue buscar a alguien que acabase con él; por lo que dijo daba la sensación de arrepentirse a última hora por lo que lo llamó para avisarle pero fue demasiado tarde.   

            Al darse cuenta de su terrible equivocación, de su confesión, se volvió con los ojos desorbitados y comenzó a reírse. Esa fue mi última investigación.

Alicia Martín López

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