Hoy estoy besando un beso;

estoy solo con mis labios.

Los pongo

no en tu boca, no, ya no

—¿adónde se me ha escapado? —.

Los pongo

en el beso que te di

ayer, en las bocas juntas

del beso que se besaron.

Y dura este beso más

que el silencio, que la luz.

 

Pedro Salinas, la voz a ti debida

 

 

Chicago, 10 de abril de 1982

 

Katie, mi amor:

 

¿Te lo puedes creer? ¡Ya estoy instalado! La ciudad es tan monstruosa que te horrorizaría por completo. Pienso en ti cada vez que salgo a la calle y estoy a punto de morir atropellado sin poder darme cuenta, o por las noches, cuando entra tanto ruido por los ventanales del apartamento que necesito tapones para dormir. Te asquearía tanto que empezarías a soltar mil palabrotas por minuto, sin control, y solo pensarlo provoca que empiece a carcajearme sin poder evitarlo. Esto se vuelve un poco problemático cuando estoy reunido, no te voy a mentir.

 

Todo es muy metálico, pero no tan gris como en Londres; es más colorido, y alto, y grande. Necesitaría hacer algunas fotos para que pudieras hacerte una idea, pero me paraliza pensar que no serían tan buenas como las tuyas.

 

Ya te echo de menos, cielo. Echo de menos los desayunos de los domingos, tus ramos de flores secándose al sol en el patio; tu indiferencia al fumar; tu risa, casi grosera; la arrogancia con la que pareces desnudarme con los ojos, y esa despreocupación con la que cargas con tu cámara de fotos, como si fuera un gato salvaje que sabe cuidarse solo. Ya ves, solo han pasado tres días desde que nos despedimos y mi cordura ya empieza a correr peligro. Me consuela pensar que este traslado durará a penas siete meses.

 

Siempre tuyo,

Aaron.

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Castleton, Inglaterra, 20 de abril de 1982

 

Aaron:

 

Te envío las fotos del cumpleaños de tu hermano. Como puedes comprobar, fue algo muy poco veraniego, pero aquí todavía nos sorprende alguna tormenta de vez en cuando. Espero que allí, por lo menos, haga algo más de calor. ¿No se supone que la contaminación consigue eso?

 

Ya que estás rodeado de asfalto, que el sol te acaricie de mi parte. Y que algún claxon te diga, te grite, las cosas que te haría y que no escribiré porque tengo a tu madre a mi lado, y, aunque lo intente, disimula de pena.

 

Tu hermano y yo hemos estado hablando de ir a Chicago en verano.

 

Te quiere,

Katie.

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 Chicago, 28 de abril de 1982

 

Katie, mi amor:

 

El sol me ha traído tus besos y tus caricias. Los cláxones de los coches me han transmitido con intensidad tus confidencias, y el calor de Chicago me recuerda a lo que sentía en otras circunstancias que ahora me parecen un milagro.

 

Es irónico, ¿no te parece? En Castleton parece que el invierno se resiste a abandonaros, y aquí ya es verano. Entre los dos sumamos una primavera completa.

 

Estoy deseando verte en unos meses.

 

Siempre tuyo,

Aaron.

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Chicago, septiembre 1982 [telegrama]

 

YA TE NECESITO. BESOS. Aaron.

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Chicago, noviembre de 1982

 

Katie, mi amor:

 

No te imaginas lo que me está costando escribirte esto. Creo que no te miento si te digo que es la cuarta carta que empiezo. El proyecto se entregó la semana pasada —sí, lo sé, he estado posponiéndolo demasiado, pero esperaba poder traer mejores noticias— y hoy me han confirmado que sigo haciendo falta aquí. Mi jefe dice que solo serán seis meses más, pero me siento traicionado y ya no sé qué pensar…

 

No soy capaz de escribirte nada más, pero creo que, al menos, te debo esta explicación. Volveré a escribirte cuando sea capaz de juntar letras mejores que estas.

 

Tuyo,

Aaron.

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Castleton, Inglaterra, diciembre de 1982

 

Aaron:

 

Te escribo esto con la esperanza de que la carta llegue antes que yo. Por supuesto, mi madre ha intentado hoy, otra vez, convencerme para que pase las navidades aquí. Pensaba que el tema ya estaba zanjado, pero ya ves.

 

Aunque no te lo creas, estoy emocionada con la idea de volver a vivir juntos. Aunque sea en una estridente ciudad con olor a cloaca. ¡Es broma!, estoy deseándolo. Dime que tú también. ¡Empiezo la cuenta atrás! Solo veinte días.

 

Te quiere,

Katie.

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Chicago, febrero de 1982

 

Holly:

 

Amiga, no sabes cuánto te echo de menos. Aquí todo es tan…putrefacto. Creo que Aaron lo describió así en la primera carta que me escribió desde aquí. Y tenía razón. Perdóname por la sesión de terapia telefónica de ayer, pero no sabes cuánto la necesitaba. Creo que tienes razón, Holly, no parece el mismo… Se empeña en que le acompañe al bar cuando queda con sus compañeros de trabajo solo porque ellos llevan a sus esposas, y sabe perfectamente que prefiero quedarme en casa leyendo. Me presiona para que busque un trabajo “decente” ¿desde cuándo mis fotos y mis artículos no son decentes? Antes le gustaban. ¿O no? ¿Debo asumir que ha cambiado, o a caso me mintió durante años? ¿Qué es peor? ¿Y todo por qué? ¿Porque ahora lleva corbata?

 

Evidentemente, soy capaz de entender que las facturas no van a pagarse solas. Mierda, no soy una cría. Pero sabes que siempre me las he apañado así, sin pensar, sin planificar demasiado. Cualquier cosa que surja es una oportunidad.

 

Y no es por la ciudad, te lo aseguro. A veces siento que todo este acero también me está cambiando a mí, pero, aun así, siento que podría hacerlo por él, y estoy decidida a esforzarme y dejar a un lado mis manías.

 

Por favor, no dejes de escribirme.

 

Un abrazo,

Katie.

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Chicago, 12 de abril de 1983

 

Katie:

 

Te escribo esta carta porque ya no sé qué más hacer. Si al menos me cogieras el teléfono. Sabes que nada de lo que dije aquella noche lo siento de verdad. Estaba enfadado. Intenté explicártelo al día siguiente. Por lo menos, lo hubiera intentado si no hubieras desaparecido como lo hiciste. Pero esto no es un reproche, no quiero que suene como un reproche.

 

No pienso que seas una cría. Soy consciente de que no te gusta la ciudad y que aquí te sientes atrapada, pero, si me dieras otra oportunidad…

 

Sabes que es el trabajo de mi vida, y sabes también que he pedido el traslado una infinidad de veces.

 

Siempre tuyo,

Aaron.

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Chicago, 15 de abril de 1983

 

Katie:

 

Si hay algo que tengo claro es que eres la mujer de mi vida. No sé qué más quieres que haga. Por favor, respóndeme para que podamos hablarlo.

 

Tuyo,

Aaron.

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Castleton, Inglaterra, abril de 2013

 

Katie había recogido su cabello blanco en un moño informal, y se había sentado a leer en su mecedora, junto a la ventana. Aquella estaba siendo una tarde tranquila y aburrida, de manera que podía permitírselo. Además, era su librería, y trabajaba cuándo y cómo quería. Era una tarde brillante, y el sol se colaba débilmente a través del cristal, pero llegaba ya frío a su cara. Oyó el tintineo de la campanilla, y emitió su saludo por defecto sin volverse. «Algún niño se habrá dejado el tebeo», pensó. Pasó la página sin levantar la mirada del libro, resistiéndose a abandonar aquella historia.

 

Entonces, lo oyó:

—Siempre supe que acabarías montando una de estas.  

 

Juraría que tenía la misma voz, y, al mismo tiempo, era algo imposible, treinta años después. Levantó la mirada, porque empezaba a pensar que se había quedado dormida leyendo y que lo estaba soñando todo. Pero ella no tenía tanta imaginación, ¿verdad? No podía tenerla. Su mente no podía inventarse a un Aaron de gafas redondas y pelo canoso, un poco encorvado y con algo de barriga. Pese a todo, tenía la misma sonrisa, y su mirada favorita la escrutaba detrás de las gafas. El muy cabrón seguía siendo guapo.

 

—¿Qué haces aquí? —sin saber muy bien cómo, consiguió pronunciar eso, al menos.

—Tenía que volver a verte.

 

Katie resopló, pero cerró el libro, y volvió a mirarlo.

 

—¿Para qué?

—Para lo mismo que te pedí la última vez que hablamos.

—Hace treinta años de eso.

—Ya ves — él se encogió de hombros— resulta que sigo pensando igual.

—¿Y cómo sabes que no estoy casada?

—No lo sé. ¿Lo estás?

 

Resopló de nuevo, y se permitió mirar por la ventana con una indiferencia artificial mientras fingía que le echaba un vistazo a sus vacas.

 

—Viuda.

—Divorciado —sonrió él.

—No me extraña.

—¡Vamos! —dijo, en un intento de sonar conciliador—¿te parece que vayamos a tomar un chocolate caliente? Todavía hace algo de frío.

 

Ella se levantó para dejar el libro en el mostrador, y le dedicó una mirada desafiante, la misma que le había lanzado treinta y dos años antes el día que él le pidió salir.

 

—Solo si pagas tú.

Yáiza Sevillano

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