Cetus había nacido arrullado por el canto de las sirenas, pero no recordaba haber visto nunca ninguna. Con solo un par de meses de vida, su madre había decidido que el océano había dejado de ser un lugar habitable y lo había sacado a escondidas de la Atlántida para ocultarse con él en un pequeño pueblo pesquero del Mediterráneo. Tanto su padre como el resto de la nobleza estaban demasiado anclados a las antiguas tradiciones como para darse cuenta de lo contaminadas que estaban sus aguas, y jamás entenderían la decisión de Nisea. Su orgullo era más poderoso que el kraken en su mejor día, y la ninfa lo sabía, así que vendió sus poderes a la Bruja del mar a cambio de un somnífero y se escurrió hacia la superficie con su bebé en brazos. La cólera de los varones de la corte hizo que los mares se echaran a temblar cuando estos descubrieron que aquella ninfa desagradecida les había robado un heredero de tres corazones.

            Porque lo cierto es que ser el hijo de un pulpo gigante convertía a Cetus en un primogénito valioso. Sus particulares circunstancias le permitían contraer matrimonio con tres esposas al mismo tiempo, y aquello significaba, por extensión, la posibilidad de establecer una alianza con tres dinastías poderosas. Un monstruo del mar jamás desaprovecharía una ocasión como esa.

            Pero a Cetus lo había criado Nisea,  la náyade más dulce y compasiva de los siete mares, y le había transmitido la idea de que sus tres corazones no eran  otra cosa que un motor poderosísimo para amar sin miedo, sin límites y sin imposiciones. Lo había acunado con baladas de amor y había alimentado su imaginación con los cuentos de hadas más fantasiosos y románticos. De esta manera, había conseguido al fin que el mayor sueño de su hijo fuera querer con toda la potencia de la que fuera capaz, nada que ver con las ansias de poder y sangre que consumían a los varones de su familia.

            Por fortuna para ellos, contaban con la protección del abuelo de la criatura. El padre de Nisea no solo se negaba a delatar a los fugitivos, sino que además dedicaba el esfuerzo de sus ocho tentáculos a burlar la vigilancia de los monstruos marinos que buscaban sin descanso a su hija y a su único nieto. Aunque jamás lo admitiría en voz alta, se sentía débil y enfermo, por lo que ni siquiera él podía negar los argumentos de Nisea, por mucho que le doliera en el amor propio.

Sí protestó y pataleó lo suyo, sin embargo, cuando descubrió que su hija quería educar al pequeño como si este fuera una dulce princesita. Tardó diez años en cambiar de opinión y sospechar que, si lo educaban como a un caballero de la corte de Tritón, Cetus crecería soñando con el calor de la gloria y la adrenalina de las grandes aventuras. A los pocos años se lanzaría al mar y acabaría condenándose a sí mismo a una muerte segura. Y nada de que había hecho Nisea habría servido para nada.

            Fue por esa razón que, en su décimo cumpleaños, Cetus oyó por primera vez y de boca de su abuelo la leyenda del corazón ahogado. Según contaban, si a los veinte años no había encontrado el amor verdadero, sus tres corazones se inundarían y él moriría irremediablemente. Era un cuento que pasaba de madres a hijas en su dinastía y que El Sabio del mar había aprendido por error, pero el pequeño parecía totalmente cautivado por el relato, y escuchaba con toda la atención que su corta edad le permitía. La madre de la criatura dudó por un segundo si acaso no estarían sobrecargando al pobre niño de fantasías, pero se enterneció al ver cómo su padre acomodaba a su hijo sobre sus rodillas, y lo dejó hacer.

            Gracias a los esfuerzos de Nisea, Cetus pudo llegar a la edad de diecinueve años convertido en un muchacho soñador y caótico, pero sano. La magia de su madre y de su abuelo habían conseguido presentarlo al mundo bajo  la apariencia de un humano, y ahora por fin estaba preparado para enfrentare al mundo por su cuenta. O al menos eso era lo que se repetía su madre cada día para darse ánimos a sí misma. Solo sus cabellos —ocho prolongaciones de un color parduzco— delataban su origen, pero el joven lo ocultaba bajo un gorro de hilo y hacía pasar los tentáculos por rastas.

            Madre e hijo se habían adaptado a la vida del pueblo con éxito, tanto era así que algunos días ni siquiera languidecían de nostalgia por lo que habían perdido. Nisea se dedicaba a vender piezas de bisutería y las hacía pasar por auténticas joyas marinas. En su juventud —le explicaba a menudo, entre suspiros— había creado artículos mucho más bonitos, pero ahora no podía arriesgarse a poner un pie en el mar si no quería que los descubrieran. Cetus, por su parte, había encontrado empleo en el acuario del pueblo, y se había ganado una fama notable como “el surfero de secano”. Se pasaba las horas muertas mirando el mar, con las manos en los bolsillos del bañador y un aire melancólico y desvalido. Observaba durante días a los bañistas y sabía tanto de surf que incluso podría hacer un buen papel como instructor.  Y, sin embargo, jamás nadie había conseguido convencerlo para meterse en el mar.

Por otro lado, el océano no era la única razón de que sus ojos soltaran alguna lagrimita de tinta desdichada.  No se había olvidado de la maldición que amenazaba su corazón, pero su aura extraña y un tanto mágica actuaba más como un repelente que como un atractivo, por lo que, desde hacía pocos meses, las pesadillas habían empezado a despertarle en plena noche y perseguía la idea de una muerte inminente.

            Hasta que una tarde lo vio, en el restaurante del acuario. Era más bajito que él, pero su cuerpo era fibroso y las ondas de cabello le resultaban familiares. Vio el mar en sus ojos azules, y sintió que podría confiar en él. Que estaría en casa siempre que ambos estuvieran juntos. El chico ni siquiera era consciente de su existencia, pero en cuanto se miraran a los ojos por primera vez…todo su mundo se pondría del revés y ya no necesitarían oxígeno para respirar.

Se dijo, en un intento de infundirse valor, que ya no era el niño confiado al que su abuelo contaba cuentos por la noche. No podía dejarse llevar por el vendaval que las mariposas desataban en su estómago. Debía empezar a comportarse con entereza, así que decidió mantenerse a una distancia prudencial. Por lo menos durante un par de días. A base de observarlo a escondidas —y gracias también a cotillear sus redes sociales— descubrió que era un turista que disfrutaba de sus vacaciones de verano con su familia. Se llamaba Arnau y era un par de años mayor que él. Cada tarde se sentaba en un banco del muelle y se aislaba con unos auriculares para enterrar su mirada en el bloc de dibujo. Un día, después de observarlo durante horas a una distancia prudencial, se acercó a él, dejó caer unos pequeños toquecitos en su hombro y esperó a que el chico se bajara los auriculares.

            —Tú eres mi alma gemela.

            —Perdona, ¿cómo dices?

            Se lo soltó todo a bocajarro, sin dudarlo ni un segundo. No importaba que Arnau fuera humano, como tampoco importaba que nunca antes hubieran hablado; él le entendería. Le contó que le esperaba una muerte horrible si no conseguía amar a alguien con sus tres corazones antes de cumplir los veinte años, y le confió, entusiasmado, que él era el indicado, que sentía que era el hombre con el que había estado soñando tanto tiempo.

            Arnau parpadeó, incrédulo. No había terminado de decidir si aquel lunático le estaba tomando el pelo o si estaba bajo los efectos de alguna sustancia sospechosa. No le parecía un tipo peligroso, pero había algo en su mirada que no le inspiraba confianza, una…una luz de desesperación que le empujaba a agarrarle el brazo con demasiada fuerza.

            —No lo soy  ─le dijo mientras trataba de liberar su brazo.

            Él tenía sus propios problemas, y por supuesto que ansiaba también un poco de cariño, pero aquella declaración de amor eterno se le antojaba más como el cañonazo de un bazuca que como una puerta a la felicidad. Y además, ¿qué narices? Primero tendría que aprender a quererse a sí mismo.

            —Bésame, que me ahogo ─le dijo Cetus.

            —No te vas a morir.

            Y Cetus no se murió.

Yáiza Sevillano

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