Aire y sal. El aroma es suficiente para hacer que mi pecho se encoja de emoción. El vaivén del oleaje lento y rítmico chocando contra la parte de delante de mi pequeña barca en este día soleado de primavera. Inspiro, cogiendo todo el aire que cabe en mis pulmones y lo retengo ahí el tiempo que puedo. Expiro despacio, el salitre del Egeo parece llevarse toda la suciedad que la contaminación de la ciudad ha dejado en mí. Me siento renacida, como cada vez que vuelvo al abrazo del mar.

Sopla un poco de brisa y aprovecho para bajar la vela y descansar un poco mis brazos cansados. Me siento detrás y sujeto el timón para ir dirigiendo la embarcación entre las pequeñas islas, grandes rocas que asoman sobre la superficie del agua. Me parece haber oído un eco. Cierro los ojos, pero intentando no dormirme al calor de la mañana. Intento apartar de mi mente el arrullo del mar, la brisa silbando entre las rocas y el ocasional canto jocoso de las gaviotas que no han dejado de acompañarme. A lo lejos me parece reconocer un canto dulce, una voz preciosa que penetra en mi mente y despierta en mi vientre un nudo de impaciencia. Así debe de sentirse la abeja al despertar de su letargo invernal y percibir el aroma de las primeras flores. Ella está aquí, no muy lejos. La oigo y reconocería su voz entre millones. ¿Sabrá que estoy aquí? ¿Cantará para mí?

La emoción renueva mis fuerzas. Me vence la impaciencia. Cojo de nuevo los remos y los pongo a moverse, entrando y saliendo del agua. La voz se escucha ya claramente. Es ella, sin duda, pero no la veo, su voz parece venir de todas partes a la vez. Dejo de remar y me pongo en pie en la embarcación, obligando a mi vista a ver más allá. De repente se hace el silencio. Hasta las gaviotas se han callado. Siento un miedo atenazar mi pecho. Estoy perdida entre esas rocas. La pequeña barca deja de moverse pese a que la brisa sigue corriendo. Me asomo por el lateral y busco entre la espuma que se forma en torno a la madera. Sobresalen del agua algunos picos rocosos entre los que se mueve un banco de barracudas que se han acercado a la costa para dejar sus huevos. Estoy atrapada dentro de mi embarcación, si intento nadar entre ellas, no dudarán en morderme para defenderse.

Se escucha un chapoteo y los peces desaparecen tan rápido como si hubieran sido absorbidas por un torbellino. Corro al otro lado de la embarcación buscando la razón de su miedo, pero solo queda un círculo de espuma en el agua. Me armo de valor. En realidad no lo consigo, el miedo se convierte en un peso en mi vientre, pero igualmente pongo un pie en el borde de madera de mi barca y me dejo caer con más bien poca elegancia al mar. Nunca he sido buena nadadora y me cuesta bracear hasta la superficie para tomar aire. Toso, el agua se me ha metido por la nariz y hace que me escueza por dentro, pero no hay tiempo. Cojo una nueva bocanada y me vuelvo a sumergir.

Abro los ojos pese a que el agua salada hace que me duelan cada vez más. Veo borroso, pero puedo distinguir algunas formas en movimiento. Las barracudas no están muy lejos y parece que vuelven a acercarse, así que nado en dirección contraria a ellas, alejándome de mi barca. Una silueta de mayor tamaño nada delante de mí, entre el coral y las rocas. Voy tras ella y me ayudo de los peñascos para darme impulso, saliendo de vez en cuando a tomar aire. Creo que está jugando conmigo, podría perderme de vista si quisiera, pero me espera y vuelve a huir antes de que la alcance.

Hace tiempo que he perdido de vista mi embarcación y a las barracudas. Me encuentro sumergida frente a una pequeñísima cala de aguas azules y escasos metros de tierra fina y tostada entre altos barrancos rocosos. En medio del agua hay una roca plana sobre la que se sienta ella. Me acerco nadando despacio. Sus ojos dorados no se apartan de mí, mirándome con recelo. Su pelo castaño cae sobre su torso desnudo, cubriendo en parte sus formas de mujer. Me tiene tan hipnotizada como yo a ella. Esa piel morena se torna azulada, más intensamente según se acerca a su bajo vientre, el lugar donde nacen las primeras escamas de su cola de pez. Coge aire pausadamente por la nariz y la suelta aún más despacio por las agallas de su cuello.

–¿Por qué me persigues? –Su curiosidad es quizá lo único que impide que me mate.

Me agarro a la roca, a sus pies –por decirlo de alguna manera, ya que no tiene pies–. Necesito un momento para recuperar el aliento.

–Te estaba buscando –confieso–. Llevo años haciéndolo. Cada primavera vengo a Grecia y recorro las islas desde que te vi por primera vez cuando era una niña. Mi madre decía que solo eran algas, pero yo vi tu pelo flotar en el agua. Decía también que tu canto era solo el silbido del aire pasando entre las rocas, pero yo te escuché. Estoy segura de que te escuché cantar como hoy.

–Eres una necia –responde en un tono cargado de tanto desprecio como extrañeza–. ¿Acaso no sabes que mi canto sirve para atraer a los de tu raza a la muerte para que me sirvan de alimento?

–Lo sé –contesto sin dudar.

–¿Y no sabes también que mi canto no afecta más que a los hombres? Mi poder no tiene efecto sobre ti.

–Nunca ha hecho falta que lo uses conmigo. Te seguiría hasta la muerte.

–Yo soy la muerte, ¿es que no me has oído?

Intento trepar por la roca mojada para llegar hasta ella. Me hago dolorosos rasguños por todo el cuerpo con las puntas afiladas de aquella piedra erosionada por el agua. Ella espera, sin ayudarme, sin empujarme, solo espera. Me siento a su lado. Huele a sal y a brisa y mi pecho vuelve a encogerse de emoción.

–He gastado tanto tiempo buscándote que no me queda nada que perder. Devórame si es lo que quieres, pero, si me dejas, quiero ser quien te alivie cuando te sientas sola. Dices que eres la muerte, pero todo el que llega a ti lo hace por amor. Eres el placer último. Algo por lo que los hombres se entregan sin condiciones.

Me acerco a ella. Mi mano se adentra entre su pelo mojado, acariciando su cabeza. Mis labios buscan los suyos que se abren enseñando una hilera de afilados dientes blancos como perlas. Me entrego. Sin condiciones.

Desde entonces la visito a diario en mi barca, donde a veces ella sube a descansar después de comer y volvemos a entregarnos la una a la otra. Me he acostumbrado a sus besos con sabor a sangre. Ella dice lo mismo de mí después de que coma pescado. En unos días acabará la primavera y esta vez no quiero volver a casa, me quedo en el Egeo con ella. Pronto dirán que he muerto, aunque nunca me he sentido tan viva. Lejos de todo y de todos, atraída por el canto de una sirena. Mientras tanto, surcando el cielo, una gaviota ve como la nave en la que viajamos corta con su proa la sombra de la única nube que este día habita el cielo marino.

Marta González Peláez 

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